Watermelon Slim de traje curuba

Foto: Santiago Restrepo

De Muros Enraízados @rootedwall

Cuando entró alguien y le preguntó qué le había pasado en la frente, respondió: “Tratando de abrir esta botella (de whisky) me golpeé” –“¿Vas a poder tocar con eso, no hay problema?” –“No necesito mis ojos para tocar; con mi boca y mis manos, basta”

La primera vez que vi en concierto a Watermelon Slim, vestía un traje color curuba. Eso fue la semana pasada y por poco no hubiera sido, pues de no haberse tratado casi de una misión, el dolor en las piernas de turista, propio de mis viajes de un día para otro a Medellín, me habría ganado. Decidí ignorarlo con ayuda de un dólex y varias cervezas. Las referencias al color curuba se habían quedado atrás, en las paredes de la casa de mi abuela quien, por cierto, hacía las mejores papas fritas caseras del mundo.
Además de su verdadero nombre, Bill Hommans (que uno encuentra en la Wikipedia), muy poco sabía del Watermelon. Había escuchado de forma escueta solo algunas de sus canciones. “Black Water”, mi favorita, que habla del Huracán Katrina y cómo se destaparon nuevamente con él, las podredumbres del gobierno norteamericano. La razón por la que terminé en ese concierto, por el cuál tuve que vivir 16 horas espantosas de viaje-tour en carretera, fue porque sencillamente soy un entusiasta. Sabía por los mentores a los cuáles les tengo más que fe, que quién venía era toda “una leyenda viva del blues” y entre otras cosas, también era historiador (además de historiador del blues), periodista, camionero y había estado en la guerra de Vietnam. En todo caso, una deliciosa sopa con ingredientes de puro blues. No se podía perder la oportunidad considerando además, el poco apoyo que reciben empresas como las de traer exponentes de géneros con tan poca popularidad en este país.
Mi aproximación a la música y sobre todo al blues, siempre ha sido intuitiva. Esta vez también lo fue, y como todo con la intuición siempre sale bien, aquí salió perfecto. El bar donde se presentaba, aunque algo pequeño, era bastante acorde con el propósito del concierto, consistía de un tremendo escenario central, rodeado por mesas y sillas -que sosegaron mi preocupación por estar mucho tiempo parada- y que además, para mi sorpresa, daba vueltas como para mostrarles a todos por igual, de lo mismo. Con la atmósfera y los instrumentos que colgaban frente a nosotros, el lugar estaba muy cerca de parecerse a uno de esos juke joints que tanto aguantaría ir a conocer.
Como parte del plan era conseguir un autógrafo, decidí empezar el lobby mientras todos seguían sobrios. Indagué un poco y luego me lancé a estrechar manos. No solo logré el autógrafo sino, más allá de mis expectativas, terminé compartiendo unos minutos con éste hombre del cuál tan poco sabía. Me lo encontré sentado en un pequeño depósito, como esperando y conservando el suspenso. Alguien me dio la otra silla que había y charlamos un rato, sentados frente a una mesa de madera muy sencilla, de esas que hay en los depósitos, y hablando de “cualquier cosa”. Me contó que había intentado ser periodista en algún momento de su vida pero sentía un profundo desprecio por el periodismo que se hacía en Norteamérica pues no dejaba espacio para el libre pensamiento. Me contó (o confirmó) que estuvo en la guerra de Vietnam y que también había conocido a un famoso periodista de guerra que vivió la etapa del tercer Reich, cuyo nombre no recuerdo, seguro porque cada vez que entraba en razón se me alteraban los nervios por toda la escena. Al rato empezaron a entrar y salir personas otra vez y vi que era momento de no estorbar más. El que quería seguir hablando era Slim, casualmente. Uno de ellos, quién después se presentó como Johnny, el vocalista de Big Bones, la banda paisa que iba a acompañar a Slim, notó que el bluesman tenía algo raro en la frente. Era un golpe reciente que sin querer, se había dado con la botella de whisky que había en la mesa. Cuando salí del pequeño cuarto, sentí que había ido a ver a alguien que conocía de hacía mucho tiempo. Qué vanidad.
Big Bones es una banda que también acababa de conocer, en uno de los especiales de Historias del Blues en que sonaron su disco. No los había escuchado mucho y debo decir que lo que empezó a sonar esa noche, poco tiempo después de tomarme otra cerveza para tranquilizarme, superó por mucho mis expectativas. En vivo son tremendos y la voz suena mucho más “carreterosa”, más real. Tocaron un par de canciones de ellos y tras un anuncio, salió Slim, con su traje color curuba. Después de haber hablado con él, vi salir no a un “entrepreneur” como se llamó a sí mismo en nuestra conversación, sino a un hombre que evoca todo lo que había ido a buscar, y muchísimo más. Y ahora lo conocía.
El sonido me parecía de otra magnitud; de otra longitud. A veces no entendía como ese hombre lograba hacer sonar la armónica como si el aire no saliera de sus pulmones, sin contar además, la forma en que tocó su slide guitar acompañándola con sus divertidos gestos, como queriendo traducirnos sus canciones. No pudo además ocultar su emoción cuando vio a una pareja que bailaba embriagada con los sonidos del slide, a quienes señaló por evocar el ambiente de ese juke joint.
Se me olvidó el dolor de las piernas por completo. Ya no importaba si tenía que regresarme al día siguiente a seguir lidiando con el aburridor clima que tanto azota. Quizás eran los efectos de la histeria que mi espíritu vivió hasta que la noche acabó oficialmente, hasta la última nota.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s