Robert Johnson, el músico lejos del mito

Brother Robert: Growing up with Robert Johnson
Annye C. Anderson with Preston Lauterbach
Hachette Books, 2020, 224 pp.

“Robert ha tenido una vida más larga después de la muerte que su vida en la tierra” sentencia con mucha razón Annye C. Anderson, hermanastra del legendario músico de blues Robert Johnson y autora de “Brother Robert: Growin up with Robert Johnson”.
Johnson murió en 1938, a los 27 años, dejando para la historia del blues 29 canciones grabadas y no sabemos cuántas más escritas. Desde 1961, con la aparición de “King of the Delta blues” (Columbia/Legacy), se convirtió en el principal referente del blues y no ha habido año en que no se hable de él. Robert Johnson, entonces, llega a 60 años de vida virtual, por así decirlo.
“Brother Robert: Growing up with Robert Johnson”, escrito por Anderson y el periodista Preston Lauterbach, pone de nuevo en la palestra a Johnson pero esta vez desde un punto de vista familiar, más humano, de acuerdo con los recuerdos de una mujer de 92 años que compartió nueve años de su infancia con el músico.
En 2018, cuando se conmemoraron 80 años de la muerte de Robert Johnson, la señora Anderson (cómo le gusta que la llamen) se reunió en dos ocasiones con Lauterbach para contarle su intención de escribir un libro sobre su hermano y le narró algunas anécdotas. Además, le soltó una bomba: tenía guardada una fotografía de Robert Johnson que nadie conocía. Sería entonces la tercera imagen del legendario artista.

La portada del libro es el primer golpe. Robert Johnson aparece sonriente con su guitarra, en una fotografía tomada en una cabina en Memphis, según recuerda la señora Anderson, “sesión” de la que salió la ya conocida de Johnson con un cigarrillo en la boca. Después vienen los otros golpes en un hermoso relato hecho por una mujer que se dedicó a la educación.
Annye Anderson es hija de Charles Dodds Spencer, padrastro de Robert Johnson. Como ella lo dice, no somos sangre pero somos familia. En las primeras páginas del libro se encuentra la línea familiar de Johnson, personaje que hay que tener en cuenta a lo largo de la lectura pues ocupan lugares importantes en esos nueve años que narra la señora Anderson.
“No reconozco al Robert Johnson del que hablan en esas historias. Dicen que era un vagabundo solitario. A él le gustaba vagar con su hermano Son pero tenía una familia que lo amaba”, afirma Anderson, remarcando que tampoco puede negar que hubiera sido eso que dicen, pues ella no estuvo siempre a su lado. Robert Johnson era 15 años mayor que su hermana. Anderson lo recuerda siempre elegante, siempre oliendo a cigarrillo y a pomada Dixie Peach. “Era amable, abierto y generoso”.
El cine, particularmente las películas del oeste, la música country, el góspel, el blues y el jazz eran algunos de los gustos de Robert Johnson. Así mismo comer y vestir bien. Le gustaba estar en familia y siempre cantaba en las reuniones. Le gustaba cantar para los niños y enseñarles a tocar guitarra.
“Tocaba la guitarra con ambas manos, la tocaba sobre su espalda, sonaba la armónica y tocaba las cucharas” recuerda la señora Anderson, además de decir que el repertorio de canciones de Robert Johnson era muy grande. Las canciones que más les gustaban a la familia eran “Kindhearted woman blues”, “Come on in my kitchen” y “Terraplane blues”, el primer disco de Robert Johnson que fue el único que tuvo su familia.

Johnson se vio con sus familiares por última vez dos semanas antes de su muerte. Siete días después de fallecer, la noticia llegó a sus parientes en un telegrama que traía, además, un escrito del puño y letra de Johnson que decía “Jesús de Nazareth, rey de Jerusalén, sé que mi redentor vive y que me llamará de la tumba”.
La segunda parte del libro hace referencia al escrito “profético” de Johnson. A finales de la década de 1960, la señora Anderson leía un artículo sobre los jóvenes músicos ingleses que llegaban a Estados Unidos y encontró que mencionaban, como su principal influencia, a un músico llamado Robert Johnson. Se preguntó si ese artista sería su hermano y empezó a investigar. Fue la resurrección de Robert Johnson.
“Ese fue el verdadero pacto con el diablo” afirma la señora Anderson. Como creían que Robert Johnson era un vagabundo, pensaron que no tenía parientes. El blanco seguía robando al negro. El periodista Steve LaVere se había adueñado de los derechos de las canciones y el proceso para recuperarlos fue largo. Primero, tenían que probar que realmente eran familiares de Johnson, y segundo, como no había partituras o textos no se podía afirmar que esos temas hubieran sido compuestos por Robert Johnson. En esa época, era común que una canción se armara a partir de frases de otras, por lo que fue necesaria la contratación de un musicólogo para que hiciera esa investigación.
A comienzos de este siglo, los de herederos de Robert Johnson pudieron tener acceso a los derechos de sus grabaciones. Se hicieron los reclamos de regalías y el dinero fue recuperado. Los blancos no los volverían a robar.
La última parte del libro es un diálogo de la señora Anderson con Elijah Wald y Peter Guralnick, dos avezados investigadores de la vida y obra de Robert Johnson, en el que se busca aclarar aspectos de la música de Johnson. Está por ejemplo, el tema de la canción “Hellhound on my Trail” que, según Anderson, no tiene nada que ver con cosas sobrenaturales sino que hablaba de la esclavitud y lo mal vistos que eran los negros en ese entonces: “Se llamaba ´hellhound´al blanco que supervisaba el trabajo de lo negros, también a quienes nos perseguían”.
“Brother Robert: Growing with Robert Johnson” pone en el verdadero camino la vida de Robert Johnson, es un texto que aleja al músico del plano sobrenatural y mítico, ubicándolo en lo terrenal, al lado de los suyos. También es un homenaje a la persistencia de los negros en la lucha por lo que le pertenece y es una celebración a la procedencia de Robert Johnson, a los estrechos lazos familiares y a la vida de Memphis en 1920 y 1930.

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